
Leído al pasar...
Un científico que desde hace muchos años venía trabajando en la clonación, un día decidió cruzar la frontera y experimentar la reproducción perfecta de un ser humano. Dado que este tipo de experimentos se encuentra prohíbido sea por razones éticas o religiosas, no se le ocurrió mejor idea que trabajar con sus propias células.
Así las cosas, un día logro reproducirse a sí mismo de una manera tan perfecta que resulta imposible al ojo humano distinguir entre el clon y el original. La relación que tenía el clon con el científico era más o menos como la de un siervo hacia su Amo. Jamás le contradecería puesto que el Científico le había dado la vida, era el Creador.
Un día llegó a oídos del científico que Azrael, el Angel de la Muerte, había venido a buscarlo. Como no quería tomar riesgos, hizo doce copias de sí mismo con la esperanza de evitar su destino. Cuando Azrael llegó, no sabía cómo averiguar cuál de los trece era el verdadero científico. Sin embargo, como era un experto en la naturaleza del hombre, inmediatamente descubrió como dar con la persona que buscaba.
Dijo Azrael: "Señor, debe ser Ud. un genio para lograr estas maravillosas reproducciones de sí mismo. Es una pena que su obra tenga un imperceptible e insignificante defecto, de lo contrario habría Ud. alcanzado la perfección".
El científico pegó un salto y gritó: "¡Imposible! ¿Dónde está el defecto?".
"Justamente aquí", respondió Azrael mientras separaba al científico de sus clones y se lo llevaba consigo. "La adulación o la crítica hubiese sido inútil con sus creaciones mas no lo es para el hombre. Es lo único que hace falta para dejar su ego al descubierto".
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