
Hace un par de días fuímos a ver la versión de la obra de Calderón de la Barca que se acaba de estrenar en el San Martin con dirección del español Calixto Bieito. La puesta es totalmente austera y consta de un enorme circulo de tierra (de lo que darán fe los espectadores que ocupen las primeras dos filas), un espejo gigante - símbolo del barroco - que va cambiando de posición enfatizando ciertos aspectos de la trama y lógicamente el trono que alternan Basilio y Segismundo, el hijo condenado. Acompañan dos músicos flamencos a un costado del escenario y no se necesita mucho más ya que Bleito ha puesto todo el énfasis en las interpretaciones. Este objetivo lo consigue ampliamente con la interpretación de Joaquín Furrier, un Segismundo vulnerable y maldito en el primer acto, que desata toda su locura animal cuando es liberado y que emociona en el monólogo central de la obra. También se destacan Muriel Santa Ana que compone una Rosaura que nos conmueve en el último acto y en menor medida Patricio Contreras como Basilio.
Bleito se toma unas cuantas licencias ya que al margen del vestuario y la mezcla de español antiguo con cierto porteño bien de barracas que hace ruído al oído, el director transgrede innecesariamente con el personaje Clarín de Pacha Rosso, que por momentos habla con el público, se mete entre las primeras filas como si estuvíeramos en el espectáculo de Alfredo Casero y en un momento se pone a cantar el jingle del Zorro. Too much para mi gusto porque lo que hace es sacarnos del clima de la obra. Tampoco se luce Osvaldo Santoro al que apenas podíamos entender y eso que estábamos en la sexta fila. Más allá de estos temas y ciertos gritos excesivos que no se traducen siempre en intensidad, la obra es buena, en particular por las ya destacadas actuaciones de Furrier y Santa Ana.
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